Sai Baba nos enseña:

"El día en que los devotos aclamen al Señor con adoración; angustiados; cuando los siervos del Señor sean agasajados en bella fiesta; cuando los poderosos lleguen a relatar las glorias del Señor; ese día será sagrado y memorable. Todos los demás días son de luto."

Sai Baba

a mente está constantemente buscando la paz, pues sin paz no hay felicidad. Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha estado tratando de que haya paz. Pero la paz se le escapa porque él ha seguido caminos equivocados para lograrla. Ha estado considerando las satisfacciones que derivan de los sentidos --vista, oído, etc.-- como si fueran la fuente de la paz mental. Ha tomado el camino equivocado rindiéndose a las exigencias de los sentidos. Con tal de gozar de los placeres sensuales, el hombre ha estado dispuesto a adoptar medios malos, sucios e injustos. Buscando su felicidad y placer individual, no ha titubeado en destruir la paz y el placer de los demás. En este proceso, tanto el individuo como la sociedad pierden la paz y la dicha.

Como resultado del crecimiento de los deseos egocéntricos, el egoísmo y la vanidad se han desarrollado en la sociedad y, con ellos, las relaciones humanas básicas que debían existir entre hombre y hombre han quedado totalmente minadas.

El corazón humano es, en esencia, un océano de leche. Un océano como ése es donde el Señor tiene su residencia.

Sin embargo, el corazón humano, que debería ser un océano de leche, se ha convertido en un océano de sal.

Una de las más notables cualidades de la leche es su blancura. El blanco simboliza la naturaleza de pureza. En un corazón así, las cualidades como el amor, la tolerancia y la paz estarán guardadas como reliquias. En el océano de sal se moverán libremente criaturas peligrosas como, por ejemplo, tiburones. Asimismo, en un corazón que no es puro, dominarán cualidades como el egoísmo y el orgullo.

En el corazón del hombre actual han crecido el egoísmo y la vanidad hasta alcanzar dimensiones inconcebibles. Todo el mundo debería estar gobernado por ciertos límites. Sin disciplina y refrenamiento el hombre se arruinará. El sol y la luna, las estrellas y los planetas, el viento... todos están sujetos a determinadas leyes. Todas las cosas de la naturaleza obedecen a sus respectivas reglas de conducta, incluyendo las aves y demás animales. Tienen el control sobre sus órganos sensoriales. Pero el hombre, dotado de un nacimiento sagrado, gozando de inteligencia y razonamiento, falla cuando se trata de ejercer un freno a sus deseos. Las aves y demás animales no tienen reglas prescriptas de conducta. Estas reglas son, sin embargo, indicadores del camino a seguir por el hombre. Lo que acompaña al hombre en su destino final no son los logros mundanos, sino sus buenas obras.

Mediante las buenas compañías, la buena conducta y los buenos pensamientos, uno puede cultivar las virtudes y la bondad. Más que nada, el hombre necesita ahora la compañía de los buenos. Para la salud física uno necesita deshacerse de las impurezas que alberga en su interior y reemplazarlas con cosas puras. De igual manera, para la salud mental, el ser humano necesita eliminar todos los pensamientos y deseos impuros de la mente y adquirir pensamientos y sentimientos buenos, asociándose con gente buena. Todos deben pronunciar esta oración: "¡Oh Dios, ven a vivir dentro de mí! ¡Oh demonios, huyan de mí!".

No existe ningún motivo genuino para que un hombre se sienta inflado en su personalidad. Si los pies, ojos, cabeza y manos del Señor están en todas partes, y todo el cosmos está impregnado de lo Divino, ¿cómo puede un hombre sentirse orgulloso de sus posesiones o de sus obras? El es sólo un instrumento de lo Divino. El hombre debería reconocer la unidad que subyace en la aparente diversidad que ve en todas partes.

En tiempos remotos existían un inmenso amor y respeto mutuos entre los gobernantes y sus gobernados. Actualmente, tales relaciones ya no existen. La gente malgasta sus vidas en la persecución de objetivos egoístas. Los gobernantes, por su parte, se preocupan por colmar sus propias ambiciones y deseos, y sólo piensan en su poder y posición. El egoísmo ha crecido tanto entre los gobernantes como entre el pueblo. A menos que este proceso se revierta, el hombre no podrá hallar paz ni felicidad. Es necesario que haya control sobre los deseos. La paz crecerá proporcionalmente a la limitación de los deseos.

Todas las preocupaciones, dificultades y problemas del hombre crecen con el aumento de los deseos. El hombre es el arquitecto de su propia felicidad o miseria.

Unicamente las buenas acciones pueden producir buenos resultados.

Cuando el individuo es bueno, la familia es buena. Cuando las familias son buenas, la sociedad se reforma. Cuando la sociedad mejora, la nación mejora también. Cuando las naciones mejoran, el mundo se transforma. Es por eso que la transformación debe comenzar con el individuo.

¿Cómo se puede lograr esta transformación? Existen dos impurezas en el hombre que deben ser expulsadas: el egoísmo y la vanidad. Pero eso no es suficiente.

Las cualidades puras como el amor, la tolerancia y la compasión tendrán que ser absorbidas. La vida debe ser divinizada.

¿Cuál es la clase de existencia que lleva la gente hoy en día? Todos están ocupados en hablar mal uno de otro, se prestan a censurar y criticar, están llenos de envidia, presumen de actos que son triviales. Dicen una cosa y hacen otra contraria. Este comportamiento los deshumaniza. Debería haber unidad entre pensamiento, palabra y acción.

Somos ahora testigos de un ilimitado crecimiento del egoísmo en todas partes. Se tiene que erradicar totalmente este egoísmo. Sólo se puede lograr una paz real por renunciamiento y sacrificio. Hay una alegría suprema en el dar. En la renuncia está la eliminación del miedo. Mientras sigan existiendo los deseos, el miedo y la inseguridad nos tendrán atrapados. Prueben la alegría que se deriva del sacrificio y compárenla con la angustia que es el resultado final de los placeres sensuales. Cualquiera que sea la alegría que obtengan por el renunciamiento se convertirá en una especie de yoga. Tanto la presunción por acciones desempeñadas como el apego a los frutos de nuestras acciones deben ser desechados. No deberíamos tener ningún sentido egoísta cuando desempeñamos nuestro trabajo.

El deber suyo es hacer el trabajo que se les ha señalado. Dios está en ustedes y es El quien los ha impulsado a proyectarlo hacia el mundo externo. Sin la inspiración, la fe y la alegría que El les confiere desde el interior, estarían ustedes desvariando locamente, como alguien que ha perdido sus amarras y está siendo sacudido sin timón en un mar tempestuoso. Sujétense a El en el corazón, escúchenlo susurrar en las silenciosas palabras de consejo y consuelo. Mantengan conversación íntima con El, guíen sus pasos según El los dirija, y alcanzarán la meta a salvo y pronto. El retrato ante el cual se sientan, las flores que colocan sobre El, los himnos que recitan, los solemnes votos que se imponen a ustedes mismos, las vigilias que llevan a cabo, éstas son actividades que limpian, que remueven obstáculos en el camino hacia la autorrealización de Dios dentro de ustedes.

Deben vivir de acuerdo con estos ideales y promover la fe en su interior tanto por medio del precepto como de la práctica.

Bhagavan Sri Sathya Sai Baba

 

En una reunión informal, uno de los participantes le preguntó a Baba:
"Swami, ¿cuál es el secreto de la cura que experimentan en Tu presencia muchas personas con aflicciones?".
Baba dijo simple e instantáneamente:

"Es Mi experiencia el hecho de que Yo soy uno con cada ser sensible, con cada ser humano. Mi Amor fluye hacia cada uno porque Yo veo a cada uno como Yo Mismo. Si una persona corresponde Mi Amor desde la profundidad y pureza de su corazón, Mi Amor y el suyo se encuentran al unísono y esa persona es curada de su aflicción. Donde no hay reciprocidad, no hay cura".

Sathya Sai Baba
(Extractado del Sanathana Sarathi de agosto 1998)

 

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