
| por N. Kasturi |

abría decir
algo acerca de Sathya y de las actividades teatrales del colegio.
Sri Thammi Raju, el profesor responsable, le pidió en una
oportunidad que escribiera y montara una obra en telugu, y el
muchacho se lanzó con entusiasmo a la tarea. El drama terminó
siendo un gran éxito, no sólo porque el personaje principal era
un niño pequeño (y el propio Sathya lo interpretó), sino
porque tenía como tema central el eterno pecado del hombre: la
hipocresía, el no actuar de acuerdo con lo que manifiesta que
hará. El título de la obra era: "¿Siguen los actos a las
palabras?".
El telón abre en una escena que muestra a una dama ante un grupo de mujeres a las que les está leyendo el Bhagavata y explicándoles el significado de las estrofas. Dice que es deber del ama de casa ser caritativa únicamente con los que lo merecen: los lisiados que no pueden ganarse el pan con su trabajo y no los vagos bien alimentados que viven como parásitos. Un poco después, las mujeres se dispersan y la señora se queda sola con su pequeño hijo, que ha mostrado desde el comienzo un enorme interés en lo que escucha. En ese momento aparece un mendigo ciego, quien hace toda clase de esfuerzos para llamar la atención, pero es rechazado y ahuyentado. Luego aparece un mendigo gordo, con una gran panza, una tambura ricamente adornada y un brillante recipiente de cobre lleno de granos. La madre lo recibe respetuosamente, le ofrece arroz y monedas y luego se postra a sus pies, solicitando su bendición. El niño se muestra confundido y le pregunta a la madre por qué no actúa de acuerdo con lo que estaba aconsejando unos minutos antes. La madre lo hace callar con un cortante: "¿Podemos actuar siempre como decimos?". Irritada por la impertinencia del hijo, quien se atrevió a cuestionar la ética de la conducta de los adultos, la madre arrastra al niño hasta la oficina en que el padre, un funcionario público de alto rango, revisa algunos archivos.
Este le da al niño un largo sermón acerca del valor de la educación y de cómo la gente debe estudiar e ir avanzando de un grado a otro sin que importen las dificultades. De manera imprevista, entra un escolar y solicita una rupia que le falta para pagar su inscripción en el colegio, ya que de otro modo será borrado de las listas y perderá sus estudios. El padre le dice que no tiene dinero y, como prueba, le muestra el monedero vacío. Unos minutos más tarde, entra al despacho un grupo de jóvenes pertenecientes a la misma oficina y le presentan una "solicitud" pidiendo su contribución para una comida de bienvenida en honor de un funcionario que se hará cargo del departamento en unos días más. El padre se muestra jubiloso ante esta idea y sugiere que todo debe hacerse de manera muy distinguida para agradar al recién llegado, luego se ofrece para redactar un discurso de bienvenida y, abriendo uno de sus cajones, les entrega la considerable suma de ¡veinte rupias!
El niño mira toda la escena boquiabierto y luego le pregunta al padre por qué ha ido contra sus propias palabras y por qué le mintió al estudiante. El padre se vuelve furioso hacia su hijo y le grita: "¿Es que los actos han de seguir siempre a las palabras?". Iracundo, le grita a su hijo que se vaya sin más demora a la escuela.
La escena cambia ahora al colegio. Sathya, o sea el niño Krishna del drama, entra al salón. El profesor está convertido en un manojo de nervios, porque al día siguiente vendrá de visita un inspector escolar. Alerta a los niños al respecto y los prepara intensamente para esta inspección. Les dice que el inspector podría preguntar: "¿Cuántas lecciones han estudiado?", a lo cual todos deberán contestar sin indicar el número real de veintitrés, sino decir "treinta y dos". Luego les dice que durante la visita del inspector les va a enseñar la lección número treinta y tres. De manera que comienza de inmediato a explicarla, para que los niños contesten con facilidad y rapidez al día siguiente; además, los amenaza con castigos severos en caso de que se atrevan a decir que la lección ha sido vista un día antes.
"Todo debe mostrar que estamos estudiándola por primera vez", les dice, y luego continúa enseñándoles respecto de los sacrificios que realizó Harischandra en aras de la Verdad. Cuando la clase termina, los demás niños se retiran, pero el niño, de nombre Krishna, se queda atrás y le plantea al profesor la misma pregunta que ya ha hecho dos veces antes: "¿Por qué no sigue usted los consejos que da?", y recibe la misma respuesta: "¿Piensas que al aconsejar ha de seguir uno mismo el consejo que da?". ¡Hipocresía, hipocresía en todas partes!
La escena cambia ahora al hogar de Krishna. Es el día siguiente y la hora de partir al colegio, pero el niño se rehúsa a ir. Lanza lejos sus libros y arguye que ir a la escuela no es sino una pérdida de tiempo y que está decidido a no estudiar más. Los confundidos padres hacen llamar al profesor, y éste llega rápidamente momentos más tarde. Entonces Krishna dice: "Si todo lo que enseñan padre, madre y maestro sólo ha de ser escrito y hablado, si todo lo que se aprende ha de ser descartado en cuanto llega el momento de actuar, no entiendo por qué habría de aprender algo...". Esto les abre los ojos a los tres, y los padres y el maestro alaban al niño como su "Gurú", decidiendo que de ahí en adelante no dirán sino la Verdad y sólo actuarán de acuerdo con la Verdad.
¡Este es el tema y argumento de la obra que Sathya escribió a los doce años! Lo he relatado con algo de detalle para que el lector pueda hacerse una idea de la inteligencia y del entusiasmo educativo que ya mostraba el joven Sai.
Tomado del libro
"La Vida de Sai Baba"

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