| por Isaac Tigrett |
Visiones,
presencias y mensajes de Sai Baba.
Segunda entrega del relato comenzado
en el número anterior.

o recibía visiones,
digamos metafísicas, desde la edad de trece años. En esa época
solían aterrorizarme, porque no las comprendía. No es fácil
para un adolescente soportar la llegada a su conciencia de
informaciones extrañas. Temía volverme loco. Afortunadamente,
un predicador neoyorquino les explicó a mis padres que yo no
estaba enfermo. Los años me enseñarían a ser receptivo.
A los 23, en 1973, en la época maravillosa del Hard Rock
Café, una de esas visiones me indicó comprar los derechos
cinematográficos de La vida secreta de las plantas. Yo no sabía
bien de qué se trataba. Pero dos o tres semanas más tarde, en
la revista Time descubrí un artículo sobre un libro de
parapsicología y fenómenos psíquicos con ese nombre.
Inmediatamente me puse en contacto con los autores
--Christopher Bird y Peter Tomkins-- y les dije:
--Quiero adquirir los derechos cinematográficos del libro.
--¡Oh, Mr. Tigrett! No comprendo por qué quiere obtener esos derechos --se sorprendió uno de ellos--. Este libro es un fracaso total.
La editorial Harper & Row, que lo había lanzado en la Navidad anterior, había vendido muchísimos menos ejemplares de lo usual. Incluso el artículo de Time, en cierto modo era malévolo. De todos modos insistí y compré los derechos por monedas.
Seis semanas después, el libro estaba en la lista de best-sellers del New York Times y se mantuvo durante 57 semanas.
La Warner Brothers me llamó a California para distribuir el film, Steve Wonder se asoció en la producción conmigo e hizo la música. Viajamos durante 8 o 9 meses para documentarnos sobre todos los fenómenos descriptos en el libro y escribir el guión. Estuvimos en el Instituto Edgar Cayce, de Virginia Beach, en la Universidad de California, en México y en muchos otros lugares. Ese viaje me condujo a India, el país más extraordinario, un pueblo que se volverá el motor espiritual del planeta.
Estaba en un hotel de un pueblo del norte de la India, llamado Avranga, cuando una nueva visión se manifestó en mi conciencia, repitiéndome: "Te esperaba, ven".
Miré a mi alrededor, pero en el hall no había nadie, excepto el personal. Cuando escuché por segunda vez esa misma voz, me di cuenta de que era mi voz interior la que me hablaba con tanta insistencia. Levanté la cabeza y delante de mí vi una foto de Sri Sathya Sai Baba. Pregunté a una persona del hotel quién era ese personaje que no figuraba en la lista de Maestros a visitar en India. La respuesta fue categórica: "Nuestro Tesoro Nacional". Estaba seguro de que era el maestro que buscaba desde hacía muchos años.
Tomé un avión y me presenté en Whitefield. Era domingo y había más de un millar de personas. Vestido de negro, como acostumbraba en esa época, me integré a la multitud. En un momento, Sai Baba salió y se dirigió directamente hacia mi lugar. Por el camino, todos extendían las manos hacia él. Cuando estuvo frente a mí, hice lo mismo y El giró las suyas hacia adelante y materializó vibhuti. "Cómelo, está muy bueno", me dijo. Eso hice.
Entre 1973 y 1989, me presenté todos los años, pasé semanas, a veces meses en el ashram, pero desde aquella primera vez no me dirigió más la palabra. Ni entrevista, ni mirada, ni palabra. Yo sabía que El estaba ahí, y eso me bastaba.
Tuve muchas experiencias ajenas a mi estadía en el ashram en las cuales El se dirigía a mí y confirmaba su naturaleza. Una madrugada de 1975 o 1976, después de haber bebido mucho, yo conducía un Porsche Targa por la carretera que bordea el Cañón de California. Iba a más de 140 km por hora cuando el coche saltó al vacío. Parece que me había dormido al volante. De repente, Sai Baba apareció, pasó su brazo alrededor de mis hombros y me di cuenta de que estábamos dando vueltas juntos por el aire. El auto rebotó cerca de una docena de veces contra las rocas. Cuando por fin se detuvo, estaba totalmente destruido. Yo me levanté y salí caminando, sin la menor contusión o rasguño. Tomé el primer avión que salió a India con la idea de agradecerle. Naturalmente, Swami me ignoró.
Otra vez, en 1977, en la habitación de un hotel de Denver, Colorado, sufrí una crisis de epilepsia debido a una sobredosis de droga. Tuve una crisis y no pude controlarme. Caí al suelo, me tragué la lengua, todo mi cuerpo temblaba. Mi espíritu parecía haber dejado el cuerpo. Tal como lo describen los libros, podía observar mi cuerpo desde afuera en un maravilloso estado de conciencia y paz total. Nuevamente apareció Su voz y me dijo: "Tu tiempo no ha llegado todavía, pronuncia el nombre de tu gurú". Yo pronuncié el nombre de Sai Baba y El apareció instantáneamente en la habitación. Me levantó, me acostó en la cama y colocó mi lengua en la posición correcta.
Yo observaba todo esto desde mi posición encima del cuerpo. Sai Baba puso sus manos sobre mi espalda, empujó hacia adelante y me reintegré a mi cuerpo. No sé cuánto tiempo pasó entre ese momento y el que salí del hospital, pero al día siguiente yo estaba nuevamente en un avión rumbo a India para agradecerle. Obviamente, me ignoró.
Quince años después, trabajábamos
para el hospital con un grupo de distinguidos cirujanos que
habían sido reunidos en su residencia de Whitefield, cuando El
pidió atención. "He salvado la vida de este hombre en dos
ocasiones --dijo Baba, señalándome a mí, que estaba sentado a
su lado--, ¿no es así?". Así es, respondí, y él se
inclinó sobre mí y susurró cerca de mi oreja: "Al igual
que muchas otras veces". Recién comprendí qué me estaba
diciendo.
Tuve la confirmación de su implicancia en los Hard Rock Cafés cuando, después de 15 años de visitarlo frecuentemente, un día, en darshan, se acercó y me dijo: "Ven". Instintivamente, me volví hacia el hombre que estaba detrás: no podía creer que fuera a mí a quien llamaba. Estaba aterrorizado.
A la entrevista entramos unos 10 o 12. Me hizo sentar justo delante de El y me preguntó: "¿Dónde está Dios?". Yo respondí: "Dios está en mi corazón".
"No --dijo Swami--. Dios está en todo, es como un pez en el agua, el agua está por debajo del pez, alrededor y debajo y en el interior, vosotros sois peces nadando en Dios."
En ese momento, todos los que estábamos ahí sentimos que verdaderamente navegábamos en Dios. El está en todo y esto es exactamente la conciencia que todos deseamos alcanzar. Sai Baba no sólo nos lo hizo comprender a un nivel intelectual sino que también nos sumergió en esa realidad.
Después me preguntó: "¿Cómo alcanzar a Dios?". Yo había respondido equivocadamente a Su primera pregunta, o sea que no iba a empezar de nuevo. Me incliné hacia atrás mientras Swami repetía la misma pregunta a otro muchacho. Este tampoco le respondía. Insistió conmigo. Como yo permanecía en silencio, echado hacia atrás, me hizo un guiño con su ojo, diciendo: "Ama a todos, sirve a todos. Ese es el atajo para llegar a Dios".
Esto no era nuevo para mí. Al regresar a casa después de mi primera visita al ashram, el pequeño cartel que estaba encima de la puerta de la cantina ("Ama a todos, sirve a todos") me pareció que era lo más importante que había leído en mi vida y que debía ponerlo en práctica en mi empresa. Ese pequeño mensaje había cambiado mi vida por completo.
Quedó tan grabado a fuego en mi corazón, que comencé a predicarlo entre mis empleados. Adopté el lema para mi empresa. Mandé ponerlo en todos los Hard Rock Cafés del mundo, imprimirlo en millones de T-shirts, sobre 20 millones de cajas de fósforos. Lo hice el tema principal de mis reuniones mensuales con todo el personal, etcétera.
Las seis palabras de ese mensaje determinaron la gestión de mi empresa. Desde que había creado los Hard Rock, siempre repetía a los 3.000 o 4.000 empleados en el mundo entero y a mi familia, que esto algún día serviría a la humanidad de una manera u otra. Esto se puso de manifiesto cuando surgió la idea de vender la cadena.
Swami me envió a alguien, justo en buen momento. Yo estaba completamente agotado por el desarrollo de la empresa en el mundo entero y alguien me ofreció por ella más dinero que su valor. Me costaba separarme de los cafés. Mi sociedad ya cotizaba en las principales bolsas internacionales. Pero durante las meditaciones recibía signos que me decían: "Sí, realmente está bien. Eso es lo que quiero que hagas".
Años antes, yo había creado la Fundación Rama y puesto la mitad de mis acciones en su cuenta. Cuando se concretó la venta, me dirigí directamente a Swami y le dije: "Tengo este dinero". El me respondió: "Lo sé, lo sé". ¿Qué deseas que haga con este dinero?, le pregunté. "Construiremos un hospital".
Antes de contarles cómo se hizo esa
maravillosa obra, es necesario que les diga unas palabras sobre
Sai Baba y el dinero. Todo el mundo dice: "Oh, Sai Baba no
acepta dinero", etc. Baba no tiene necesidad de nada. Me
hizo un favor aceptando que le diera el dinero. No me lo pidió.
El sabía, desde por lo menos 15 vidas, que yo llegaría a ese
momento preciso.
Su organización funciona exactamente de la misma forma. Ha fundado más de 2.000 escuelas en India, colegios, una universidad, etc. Yo he visto la contabilidad del Trust en detalle y no vi más que donaciones de ricos fieles de Sai que lo dan anónimamente al Trust. Ellos vienen a verle y cuando El dice "se va a construir una escuela", inmediatamente alguien se presenta y ofrece el dinero. El dice: "Muy bien", o bien "No". También lo he visto rehusar nueve de cada diez donaciones, porque algo no era correcto en la forma en que esa persona había conseguido ese dinero.
Nadie deberá sentirse asustado o impedido por el dinero. Hay personas que dicen que no se puede ser espiritual y tener dinero. Eso es algo sin sentido.
Simplemente, no debemos adorar el dinero ni dejarnos atar por él. Gracias a la meditación, he entrado en estados de conciencia en los que me daba cuenta de que me desapegaba de muchas cosas. Mi hija, mi esposa, cosas materiales... Una vez le pregunté por este aspecto: "Swami, puesto que me has dado energía para la meditación, ¿quieres que deje todo y me retire en alguna gruta para meditar?". Me respondió: "En otra época histórica, esto habría sido lo correcto, pero en este momento quiero que permanezcas en el mundo, que tengas objetos alrededor tuyo pero no te apegues a ellos. Tenlos contigo pero no te vuelvas su esclavo. Quiero que sean faros luminosos en el mundo. En esta edad, el mundo debe ser purificado".
En el próximo número, Isaac Tigrett relata cómo la construcción del hospital se le reveló en más de un punto como una bendición.
| Esto no era nuevo para mí. Al regresar a casa después de mi primera visita al ashram, el pequeño cartel que estaba encima de la puerta de la cantina "Ama a todos, sirve a todos" me pareció que era lo más importante que había leído en mi vida y que debía ponerlo en práctica en mi empresa. |
Home Page | Sumario | Mensaje Divino | Editorial: ¿He dado amor hoy? | Sai Baba nos enseña: El amor es el aliento de nuestra vida | Un Libro único | Tu madre está parada frente a ti | Momentos en la vida de Sai Baba | ¡Vé! Te esperan | Swami, ¿Que hay más allá de Dios? | Mahashivaratri: Celebrando con Sai Baba | Carta a los estudiantes | Historia y Parábolas: Que la falsedad no manche la lengua