
El 23
de noviembre de 1998, cuando Sai Baba cumplió 73 años,
concluyó el Año de la Paz y comenzó el año del amor. ¿Es
posible desarrollar este Valor Humano en nuestras vidas
cotidianas? La propuesta de Swami como se desprende de todos
los artículos incluidos en este número es comenzar ya mismo,
preguntándonos...

¿He dado amor hoy? Esta pregunta sorprende. Los seres humanos no nos preocupamos por programar esa labor durante el día. El amor que tenemos para dar y el que recibimos, circula desde cada uno y hacia cada uno de nosotros como respuesta a algo fortuito, nunca programado. Por eso importa organizarse para dar amor, tomarlo como una acción deliberada escogida para llevar a cabo con un tiempo asignado, como si se tratara de una tarea a agendar, impostergable.
Algunos dicen: "Yo doy amor cuando cocino, yo hago todo con amor". Si bien esa actitud merece una aprobación total, se trata, además, de incluir en cada día un minuto dedicado de manera exclusiva a darle amor a alguien, sin elementos mediadores como ropa planchada, dinero o alimentos.
¿Cómo hacerlo? ¿Cómo empezar? Consideremos a aquellos que nos rodean: ellos pueden ser los primeros destinatarios de esta nueva destreza que nos propone el Maestro. Cuando repartimos amor, Baba está ahí. No es necesario mucho esfuerzo, sólo un poco de imaginación: acaso una mirada nueva sea suficiente, una mano en la espalda, una pregunta ("¿Cómo estás?"), un beso en la mejilla, un elogio sincero, un pensamiento lleno de luz o unas flores entregadas a alguien sin necesidad de que sea su cumpleaños. Simplemente para celebrar el hecho de estar juntos. Actos simples y amables, que con seguridad ya ejecutamos muchas veces pero que Swami nos propone hacer desde la volición despierta de un corazón que dice "estoy dándote amor desde la plenitud de mi conciencia". Esta actitud convierte a ese accionar en una fuerza cuyos resultados nos asombrarán.
Cada vez que decimos "voy a dar amor" se produce una mutación allá en lo alto y una corriente de energía llega para dotar a quien eligió este camino de una potencia que lo cura todo.
Esa energía también cura a quien da amor. Si buscamos el amor, si no nos aislamos por falso pudor de esa vibración imprescindible que es la esencia misma de la vida en todo su esplendor, podremos hallarla también en la fragancia de una flor, en toda belleza que se nos ofrece ante los ojos, en la caricia prodigada a cualquier ser viviente.
Tomar conciencia de que somos un ser querible, de que poseemos en nuestro interior una riqueza que puede hacer de cada uno de nosotros una fuente de dicha --para otros y para nuestra propia plenitud--, y destinar un minuto del día a dar amor y enseñar esto a los demás, resulta el más precioso ejercicio del espíritu.
Comité Editorial
inspirado en un texto de "Cuando el Maestro llama",
de Graciela Busto
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