POR CLAUDIO MARIA DOMINGUEZ

EN "LA CIUDAD DEL AMOR", CLAUDIO MARIA DOMINGUEZ CUENTA EL TRAYECTO QUE LO CONDUJO DESDE SU PRIMER CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE SAI BABA, HASTA SU ENCUENTRO CON EL SER AL QUE CIENTOS DE MILLONES EN EL PLANETA CONSIDERAN EL AVATAR DE ESTA ERA.

SU PERIPLO POR LA INDIA HASTA LLEGAR A SAI BABA ESTA PLAGADO DE DUDAS, TURBULENCIAS INTERNAS, EMOCIONES IMBORRABLES Y PROFUNDA FASCINACION. EL LECTOR SERA COMPLICE INSTANTANEO Y TESTIGO PRESENCIAL DE CADA UNA DE LAS ANECDOTAS QUE VAN ENHEBRANDO LA REVELACION DEL MAYOR DE LOS MISTERIOS: LA EVOLUCION Y EL SENTIDO DE LA VIDA.

SAI BABA MAGAZINE PRESENTA UN RESUMEN DEL LIBRO "LA CIUDAD DEL AMOR" POR EL MISMO CLAUDIO MARIA DOMINGUEZ.

 

uando escuché por primera vez hablar de Sai Baba, estaba demasiado preocupado por armonizar dentro de mí ciertos códigos de vida, como para interesarme por el concepto de la llegada de un nuevo avatar al planeta. Me recuerdo, eso sí, de que la única reflexión que me permití fue exclamar con cierta admiración: "¡Otra vez en la India!".

¿Qué tenía esa nación para convocar en forma cíclica y a lo largo de la historia a seres extraordinarios, llamados a marcar para siempre los destinos de millones? Rama, Krishna, Buda, como puntales religiosos o, en tiempos recientes, Rabindranath Tagore, Yogananda o el Mahatma Gandhi, como defensores brillantes de un cambio de conciencia en lo espiritual.

¿Por qué la Madre Teresa, escalafón máximo de un ejemplo de servicio en la iglesia católica, trascendió desde la India hacia el mundo?

¿Qué fue lo que sentí cuando hace quince años, pisé por primera vez el suelo indio y en la ciudad de Delhi, al ingresar a un templo hinduista, con el sonido envolvente del "AUM", yo viví el primer gran descubrimiento de que algo en mi interior era totalmente distinto a la apariencia física, y que, como decía "El Principito": "Lo esencial es invisible a los ojos?"

Nuevamente en la India se hablaba de una encarnación divina: SAI BABA. Lo primero que me chocó fue "encarnación divina". ¿No somos todos, acaso, una chispa de Dios, una sublime imitación del Cristo, o es que el amor universal acepta a unos y rechaza a otros?

Justo en ese momento de mi vida, pasando por búsquedas intensas y muchas veces desesperadas de la gran verdad, yo rechazaba la idea de la existencia de guías, a los cuales someter el más mínimo de nuestros actos, buscando aprobación y refugio.

Me parecía que en ese tránsito afanoso de maestro, nos perdíamos al instructor en jefe: a nosotros mismos.

Veía que distintas sectas proliferaban y explotaban en escándalos, y no podía quitarme de la memoria la foto de gurúes niños y regordetes, bañados en oro, y conducidos en autos impresionantes con los honores de jefes de estado, y eso contrastaba en mi mente con el sacrificio anónimo de los que, como enseña Jesús, dan con una mano sin que se entere la otra.

 

Creo, porque algunos recuerdos se presentan confusos (cuando la mente por compensación biológica decide borrarlos disponiendo, según el momento, lo que nos "conviene" registrar), que al ver la primera imagen de Sai Baba exclamé: "¡Pobre, qué feo es!", en un impulso de arrogancia clásica. Y así dejé el tema de lado, más preocupado por reafirmar casi en forma compulsiva dentro de mí, la existencia de la salud mental, emocional y física, perdiendo entre tanta frase, noble por cierto, la idea de que no hay afirmación que nos lleve al logro de lo que con ella pretendemos, si no la acompañan la fe y la acción.

Cuando con el tiempo, entre luces y caídas, el deseo me llevó a la fe y la lucha interna me indicó la acción, me encontré cara a cara con ese hombrecito de la túnica naranja y la corona de pelo negro, tan distante de la imagen de la belleza occidental, que en una ráfaga me sonrió, me habló con la sabiduría de los tiempos, y me hizo vislumbrar el instante de amor incondicional más extraordinario de mi vida.

"No hay necesidad de que se extenúen buscando a Dios. El está ahí. El no proviene de un lugar ni va a otro. El se encuentra aquí, allá, en todas partes. Desde el átomo al cosmos, desde el microcosmos al macrocosmos. El es todo".

Aliana Diaconu cuenta que sin haber ido nunca a la India, ni ser una devota exploradora del tema Sai Baba, una noche soñó cómo él, en una playa con el mar infinito de fondo, le extendía sus brazos en un gesto sublime. Al despertar de ese sueño, la escritora sintió que su percepción de lo eterno cambiaba para siempre. Cuando yo leí su testimonio, quedé maravillado por la posibilidad de que esos segundos durante los cuales reina el subconsciente, pudieran causar una apertura espiritual tan honda, como si se tratara de la experiencia tangible y concreta más explosiva.

Años después, yo tuve mi primer sueño con Sai Baba y sé que no hay circunstancia de esta aparente realidad de estar vivo que se compare a la gracia de ese momento en que, mientras nuestro cuerpo cumple biológicamente la facultad del descanso, nuestro espíritu vuela hacia universos que harían empalidecer las ficciones más profundas.

Si uno programa sus actividades, ¿por qué no puede pautar sus sueños?

Yo siempre pensé que podía guiar en forma consciente el mundo de los sueños. Sólo había que pulsar las teclas emocionales y volitivas adecuadas que nos liberaran del yugo mental y nos hicieran abrir las alas.

¿Acaso no volamos en sueños? No digo volar como una licencia poética y metafórica de libertad. Hablo de volar. De surcar el espacio sin límites como lo hacen las aves. Hablo de levar nuestros cuerpos de la tierra y sentir que las alturas nos reciben con una naturalidad que desafía toda lógica.

 

En los sueños podemos sentir esa tan concreta acción de volar, y lo cierto es que estamos volando; no imaginando que volamos. Uno puede imaginar aquello que desconoce, por lo tanto, despiertos y en cualquier lugar podemos imaginar una acción concreta, y si nuestra concentración en el hecho es lo suficientemente fuerte, la emoción del logro nos embarga y la visualización de nuestro cuerpo entre las nubes o en la copa de un árbol no es en absoluto imposible.

Pero sentir, no se siente con la mente. Sentir es vivir, y vivir es accionar. El que tuvo la dicha de volar en sueños, entiende muy bien la diferencia entre imaginar el viento y ser parte de él.

Desde chico llegué a la conclusión de que el momento en que soñamos es el mejor momento que vivimos. El más real. El más auténtico. Aquel que viene de una necesidad visceral del alma. Aquel que no podemos satisfacer en esta cálida prisión que tantas veces es la gravedad de nuestro cuerpo en la tierra.

De ahí que un sueño suele ser la experiencia más liberadora y fascinante a la que podemos acceder en nuestro camino de evolución en este tiempo y este espacio, llamado vida. Si el ser humano tiene la capacidad de compartir dentro de sí esos dos universos, el de la vigilia y el del sueño, posee la riqueza tan intensa de evolucionar al despertar y también de hacerlo cuando duerme. ¿Por qué no elegir embellecer el mundo de nuestros sueños?

Durante años, yo anhelaba con placer que llegara el momento de dormir para ver qué sueño me esperaba, y poco a poco comencé a desearlos, a pedirlos, a convocarlos y comprobé algo interesantísimo. Cuando mis actitudes de la vida diaria fluían en un mismo rumbo que los sueños que anhelaba, estos venían como si fueran un premio divino o una consecuencia lógica que hacía que una actividad sucediera con coherencia a otra; pero cuando intentaba mezclar agua con aceite, es decir, cuando mis actividades mentales y físicas no coincidían en absoluto con ese mundo que yo pedía percibir al dormir, el accionar de los sueños era por demás confuso y más perturbador que dichoso.

¿Qué relación había, entonces, entre lo que ingresa por la mente durante el día y los sueños que nos pueblan por las noches?

¿Por qué tenemos sueños recurrentes? Esos que vuelven una y otra vez, tan usados en las películas de misterio, y que quizá son sólo entrañables amigos, que nos indican algo que no funciona como debiera en nuestras vidas.

¿Por qué canalizamos en sueños nuestras frustraciones, nuestros deseos reprimidos y nuestras emociones encarceladas? ¿Por qué a veces, y sólo en sueños, conocemos el éxtasis de un amor que no tiene que ver con lo carnal y para el cual no hay lenguaje que se aproxime con suficiente riqueza?

Todas las respuestas a mi febril fascinación por el mundo de los sueños, las tuve en un segundo, el día que Sai Baba me explicó con precisión perfecta, sin que le dijera palabra, cada una de las situaciones que yo había soñado en las noches anteriores al encuentro con él.

Allí sí, supe con la certeza que nuestra mente intenta acallar que las verdades básicas, únicas, superiores, están siempre dentro de nosotros y que, al descorrer los velos del alma, aparecen en todo su esplendor. Pero hasta llegar a esa entrevista con Sai Baba, todavía correría mucha lágrima bajo la muralla del ego. ¿Quién es Sai Baba?

¿Por qué encarnó en esta época?

¿Cuántos serán los seres que cada día toman conciencia de estar viviendo en el planeta al mismo tiempo que él?

¿Cuántos serán los que cada día asuman la decisión de una profunda transformación interior, con gratitud por la vida y por cualquiera que fuese su concepto de Dios?

Este es mi testimonio sobre un ser sublime que, entre tantas maravillas, tiene la bendición de despertar en los otros la realización de un destino, que elegimos antes de nacer, y que nos lleva a regresar a Dios. Una vez más. Al Dios de los cristianos. Al Dios de los judíos. Al Dios de los hindúes. Al Dios de los budistas. Al Dios de los que creen que no tienen Dios. Al Dios que está en todos y para todos.

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