

Cuando entré me pareció que estaba en una de las tantas escuelas de Sai Baba en la India. Sin embargo, estos niños entre 3 y 6 años viven en uno de los barrios más pobres y violentos de Río de Janeiro: la "Favela do Morro dos Macacos". Me estoy refiriendo a la "Escuela Sathya Sai de Villa Isabel", un proyecto de servicio a través de llevar Educación Sai a una comunidad carenciada.
Este proyecto, llamado "Verdad y Amor", es realizado por un grupo de hermanos Sai desde 1993. Diva, la coordinadora del proyecto, me cuenta cómo comenzaron: "Alquilando una pequeña casa, que luego tuvimos que ampliar debido a la demanda de vacantes. La gracia de Swami hizo que aparecieran donaciones y así la Fundación Sri Sathya Sai Baba de Brasil compró el actual edificio, que posee suficientes comodidades para estos niños".
La escuela es un jardín de infantes en que se
los forma con el Programa Sathya Sai de Educación en Valores
Humanos. Los niños están en la escuela desde las 8 de la
mañana hasta las 4 de la tarde. También tienen actividades
extracurriculares: paseos culturales, clases de teatro, clases de
artes plásticas, etc. Son alimentados con desayuno, almuerzo y
merienda. La alimentación es balanceada y preparada por una
nutricionista. Se les da el uniforme y todo el material
didáctico necesario para sus clases. También se les brinda
asistencia médica, odontológica, psicológica y, si fuera
necesaria, fonoaudiológica. Todos los servicios son
absolutamente gratuitos. Sólo las dos maestras jardineras y la
cocinera son contratadas. La manutención está a cargo de la
Fundación Sri Sathya Sai Baba de Brasil.
Otro servicio que realiza la Escuela Sathya Sai de Villa Isabel es, por las tardes, dar apoyo escolar a 8 ex alumnos, de entre 7 y 9 años, quienes también reciben las comidas correspondientes junto a los demás niños.
La alegría y respeto que se percibe en ellos son dignos de destacar, sobre todo teniendo en cuenta que el medio en que ellos viven es absolutamente diferente, lleno de necesidades y mucha violencia. Todas las mañanas comienzan con los tres Om y cantos, bendicen todas las comidas y se les enseña a tomar la vida con amor y agradecimiento.
Lo primero que se hizo fue contactar a la comunidad para anunciar la existencia de la escuela. Al principio se percibía cierta reticencia y desconfianza, igualmente los niños fueron llegando. En estos momentos los padres participan de reuniones mensuales con los profesores, donde comparten experiencias, se acercan más a la escuela, presentan sus dificultades; estos padres se transforman en colaboradores y voceros de la escuela en la comunidad. Además se les lee material de Educación en Valores Humanos para que los comenten y se sepa cuál es la educación que están recibiendo sus hijos. Ellos disfrutan relatando constantemente los cambios que ven en sus hijos.
Los niños llegan con mucha agresividad, con resistencia a aprender, incluso con dificultades para comer pues no están acostumbrados a este régimen, ni a sentarse para hacerlo. Pocos meses más tarde, esos mismos niños se muestran más solidarios, capaces de intercambiar afecto, se alimentan bien y hasta aceptan descansar luego del almuerzo. Son los mismos padres los que se muestran asombrados por lo que les sucede a sus hijos. Un padre, perteneciente a una familia de origen Evangelista, contó que su hijo, en el almuerzo de festejo del cumpleaños de la abuela, cuando sus familiares iban a comer, pidió permiso para ofrecer la comida y agradecer a todos los que hicieron posible que la mesa estuviera tan colmada. La familia, aunque era religiosa, nunca había hecho plegarias familiares. Todos fueron profundamente tocados por el gesto de este niño de apenas 5 años.
Quienes también sienten cambios en sus vidas son las personas que realizan las tareas de servicio. Llegan con ideas preformadas y personales de cómo hacer las cosas y luego van tomando conciencia de que ellos también son aprendices y que la complejidad de la tarea los lleva a trabajar en Unidad, a través de la puesta en práctica de las enseñanzas de Bhagavan Baba. Durante la mañana en que los visité pude ver a Swami en tantas caritas sonrientes y amorosas, y a través de la alegría y el esfuerzo de los que participan en esta tarea pude percibir, sin lugar a dudas, la gracia de Dios cuidando cada detalle de este maravilloso servicio. Cuando me despedí, tenía la sensación de haber recibido un darshan.
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