En la vida de un aspirante espiritual, la superficialidad es una dolencia que se reconoce por un solo síntoma:
el desvío de la atención devocional.


l devoto es seducido por propuestas nuevas, en ocasiones por alguna moda que despunta en el horizonte de las experiencias trascendentales y, apartándose parcialmente del Maestro, se muestra dispuesto a buscar vivencias que lo motiven otra vez en la búsqueda de Dios o de sí mismo. Su atención se desvía del objeto primero de devoción y aprendizaje, y así se entrega, a veces a un altísimo precio, a la influencia de otras energías que le sirven de abono para resolver su aridez interior.

La superficialidad es una dolencia. A la mayoría de quienes la padecemos nos cuesta reconocer esta enfermedad en nosotros mismos y pretendemos justificar el síntoma aduciendo que "todo es lo mismo", o que "en todo está Dios".

Esto es verdad. Pero hay en tal tipo de afirmaciones un uso tendencioso de esa verdad: usarla para sustentar la falta de disciplina espiritual. La superficialidad, ese aspecto tan mundano de la experiencia trascendente, indica claramente que el devoto en cuestión se cansó de trabajar con su Gurú y está mirando hacia otro lado en busca de alguien o algo que le aporte alguna novedad.

Resulta imprescindible comprender qué es un Maestro. El Maestro es como un país en el que se dan todos los climas, todos los suelos, todos los idiomas. El Maestro es el Hombre, pero también es la Mujer, lo Masculino y lo Femenino y en su mayor medida, el Padre y la Madre Universales. Sai Baba vino a nosotros como niño, como joven, como adulto, decidido a ofrecernos todas Sus edades. El es para nosotros compañero, amigo, confidente, maestro espiritual, Avatar, Dios mismo. ¿No alcanza Swami a responder con esto a todas nuestras necesidades?

Superficialidad es sinónimo de desconocimiento del Señor. Quienes nos dedicamos a conocer a Sai Baba sabemos con certeza que no alcanza una vida para vislumbrar Sus facetas y todas las respuestas que El ofrece a quien se Le entrega.

La persona espiritual es aquella que ahonda en el conocimiento del Maestro que lo llamó y permanece en contacto con esa emanación durante toda su existencia, aun cuando en lo aparente el Maestro lo aleje de Su lado. Esto es realmente así porque el devoto verdadero sabe que tener un Maestro no es una decisión temporal. No. Tener un Maestro es un destino y éste se acepta como modo de ser ante lo eterno, sabiendo que las conductas observables entre un devoto y su Señor, por ambivalentes que parezcan, son un juego secreto de amor interminable acordado por ambos en la más honda intimidad. Ahí, la aparente dureza de la distancia o el rechazo es moción permanente de regocijo entre esos dos que fueron uno desde el primer día, y que serán uno para siempre.

Ningún poder ilusorio (maya) puede confundir al devoto sincero. Ningún juego del Señor quiebra su decisión de entrega. En el seno de Aquél a Quien se entrega, encuentra la totalidad de su experiencia, de su contento y de su libertad.

Existen en el mundo seres de cuya compañía podemos beneficiarnos en gran medida, personas que han alcanzado la más elevada realización espiritual y que son reconocidos como Maestros de la más alta jerarquía. El que nos acerquemos a ellos y abrevemos en la fuente de su sabiduría es una conducta que Baba nunca va a desaconsejar. La multiplicidad de oportunidades que en este sentido se nos ofrecen a los seres humanos tiene como propósito que nadie en la Creación --de Era en Era, de Latitud en Latitud-- quede desabastecido o apartado de la ocasión de lograr la liberación o la más acabada realización personal.

De igual modo, todas las Escrituras pueden llegar a nuestras manos y nuestros corazones, de manera que el discernimiento, la intuición y la gracia del Uno nos orienten en la dirección más adecuada y podamos responder en conciencia al llamado peculiar que nos está destinado. Pero a partir de cierta etapa evolutiva, no podemos responder a todos los llamados. Baba insiste en que no se trata, después de haber logrado cierta evolución, de probar un poco de todo.

 

 

En ocasiones, un hombre puede dedicar un tiempo a seguir a un mentor, y luego cambiarlo por otro. Es algo bastante habitual y no implica error porque en la evolución del ser hay etapas que pueden transcurrir bajo diferentes condiciones y esto no tiene porqué generar conflicto. El conflicto se genera cuando un aspirante pretende avanzar practicando un poco de cada propuesta espiritual sin profundizar en ninguna.

En algún momento, la elección final debe producirse. Al principio podemos probar, pero luego, sólo alcanzamos la madurez definiendo nuestra afiliación, nuestra pertenencia.

El Señor no nos rechaza porque vayamos a ver a otros Maestros. Sólo nos señala la inconsistencia del vínculo, inconsistencia que puede llegar a convertirse en un rasgo de carácter que llevaremos impreso como un sello en todos nuestros encuentros.

"Todo es lo mismo", dicen algunos, para justificar ese entusiasmo nuevo. Si de veras creemos que todo es lo mismo, ¿por qué entonces no nos quedamos donde estamos y esperamos que la estación propicia nos revele los frutos de la semilla que alguna vez plantamos?

¡Hasta esto nos ofrece Sai Baba! ¡Hasta esto el Señor nos enseña!

Hagamos como El. Insistamos, insistamos con nosotros como Baba lo hace con cada uno. Trabajemos sobre nosotros mismos con amor y confianza. No nos demos por vencidos. Si nuestro Maestro no se rinde, ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros? Busquemos, busquemos en lo más íntimo de nuestro ser, busquémoslo a El en nuestras vidas, encontrémoslo, permitámosle volcar en nuestras manos todos Sus regalos, incitémosle a ser todo para nosotros y comprometámonos --sí, comprometámonos-- con El, desafiémoslo con la más alta devoción, obliguémoslo con el más grande amor, seamos intrépidos con El y entreguémonos de tal modo que el Maestro no se pueda negar.

Equipo Editorial


 

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