por A. Schulman

 

A. Schulman describe su primer encuentro con Bhagavan a fines de los años 60.

 

aba estaba en un delgado colchón, apoyado en un simple armazón con cuatro patas de madera, que servía como sofá durante el día y era su cama durante la noche. Estaba recostado sobre unos pequeños almohadones apoyados contra la pared. Antes de mirar al autor que acababa de llegar, continuó revisando su correspondencia, observando cada carta aún sin abrir hasta que surgía un pensamiento en su cabeza, luego la colocaba encima de la pila de cartas que estaba a la izquierda del sofá, antes de tomar otra carta de la pila de la derecha. Al cabo de un minuto o dos, levantó la vista y le sonrió al autor.

“Ven” —dijo— “ven”.

El autor ingresó al cuarto y se inclinó levemente, con las manos unidas sobre el pecho, debajo de la barbilla.

“Entonces”, dijo Baba. Hizo una pausa para mirar fijamente a los ojos al autor. “Entonces, has visto lo suficiente”.

“Demasiado. No entiendo nada de lo que he visto”.

Baba se rió.

“La apariencia no es diferente del vacío”, dijo Baba, luchando para encontrar las palabras en inglés. “Sin embargo, dentro del vacío no hay apariencia”.

El autor sintió que debía sonreír, asentir o indicar de algún modo que había entendido lo que Baba había dicho, pero no entendió y se resistió a la tentación de aparentar lo contrario.

Baba movió la cabeza. “La vida es sólo el recuerdo de un sueño”, dijo. “No proviene de ninguna lluvia visible. No cae en ningún mar reconocible. Algún día, no muy remoto, comprenderás qué poco sentido tiene pasar toda tu vida tratando de acumular cosas materiales. Yo no tengo tierras ni propiedades donde pueda cultivar mi propio alimento. Todo está registrado a nombre de otro, pero igual que la gente de la aldea que no posee tierras, espera que se seque la laguna para escarbar la tierra con un arado y sembrar algo rápidamente antes de que la laguna se llene otra vez, yo cultivo mi alimento que es la alegría o el amor. Para ti estas palabras tienen significados diferentes, pero para mí ambas son lo mismo. Pero debo hacerlo rápido, rápido en los corazones de los que vienen a verme, rápido antes de que se vayan”.

Miró nuevamente a los ojos al autor.

“El tipo de creencia en mí que pido a la gente es más, mucho más de lo que la mayoría de ellos piensa que es la fe o el amor”, dijo Baba.

“Es por eso que muchos de los que vienen sólo a ver los milagros dejan de amarme en cuanto dejo de recibirlos y darles regalos. No. Lo que te pido que hagas es que me des todo. No frutas, ni flores, ni dinero, ni tierras, sino tú, todo tú, sin guardarte nada. Tu mente. Tu corazón. Tu alma”. Se detuvo e hizo una pausa, y luego movió su cabeza como dirigiéndose a sí mismo. “Pero esas son sólo palabras.”

Hubo un momento de silencio.

El autor permaneció junto al sofá. No pudo decir nada. Una especie de calidez y cercanía que nunca antes había experimentado se esparció por su conciencia y lo atemorizó. Se sintió en peligro de ser sofocado por ello, pero no fue sólo la intensidad del sentimiento lo que lo perturbó. Fue la súbita comprensión de que este sentimiento de amor —él pensó que era amor— era diferente de cualquier otro tipo de amor que hubiera experimentado, o del que hubiera escuchado o leído antes. Quizás era esta incapacidad de definir lo que sentía lo que de pronto lo hizo entrar en pánico. En menos de un minuto se había vuelto una persona desarmada, emocionalmente aislada en una oscuridad desconocida, y para enfrentar esta extraña ansiedad, la única defensa que pudo encontrar fue cortarla.

Baba lo miró un momento con intensidad.

“No puedes huir de mí”, dijo Baba. “Como te dije, nadie puede venir a Puttaparthi, por más casual que parezca, sin que yo lo llame. Yo traigo aquí sólo a quienes están listos para verme, y a nadie más, nadie puede llegar hasta aquí. Cuando digo ‘listos’ comprenderás que hay diferentes niveles de alistamiento”.

Baba se rió. “Te preguntas por qué te llamé a ti en lugar de a tantos otros millones de personas porque no te gusta lo que sientes por mí, ¿no es verdad? Y te preocupa el hecho de que te haya llamado.”

El autor se rió y se quebró su tensión, y Baba rió con él.

“Me preocupa”, dijo el autor. “Cuando me pides que me entregue por completo a ti. No puedo hacerlo. He pasado mucho tiempo controlando mi vida como para convertirme ciegamente en esclavo de alguien, sea Dios o no, sólo un hombre con poderes yóguicos sobrehumanos. No confío tanto en nadie.”

“¿Confías en ti?”, preguntó Baba.

El autor sonrió. “No mucho”.

“Conozco tu pasado y tu futuro, así que sé por qué sufres y cómo puedes escapar del sufrimiento y cuándo lo harás finalmente.”

“¿Cuando muera?” El autor estaba haciéndose un poco el chistoso.

“Sí, lo sé”, dijo Baba. “En todas tus vidas pasadas siempre le tuviste miedo a la muerte”.

“No le temo a la muerte”.

“Eso es a todo lo que le temes”, dijo Baba. “Piensas que la muerte es algo malo, pero la muerte no es buena ni mala. La muerte es la muerte”.

“¿Para qué sirve?”

“¿Por qué muere una persona?” Baba reflexionó por un instante. Miró su dedo. “Para no morir de nuevo. Nace para no nacer de nuevo”.

“No comprendo”, dijo el autor.

“La vida es sólo relativamente real”, dijo Baba. “Sólo hasta que llega la muerte parece ser real. Y, después de todo, lo único que muere es el cuerpo, no la persona que vive en el cuerpo. Cuando muere un gato o un perro, deja el mundo igual a como estaba cuando vivía en él, pero cuando un hombre se va del mundo debe dejarlo mejor que cuando llegó. Por ninguna otra razón nace, por ninguna otra razón muere.”

“¿Eres Dios?”, se escuchó a sí mismo decir el autor. No había planeado tocar ese tema para nada.

“¿Por qué pierdes tu tiempo y tu energía tratando de explicarme?”, dijo Baba, con cierta irritación. “¿Puede un pez medir el cielo? Si yo hubiera venido como Narayana, con cuatro brazos, me hubieran puesto en un circo, y cobrarían para que la gente me viera. Si hubiera venido sólo como un hombre, como cualquier otro hombre, ¿quién me escucharía? Así que tuve que venir en esta forma humana, pero con poderes sobrehumanos y …”, buscó la palabra, “… sabiduría”.

“Entonces eres Dios. ¿Es eso lo que estás diciendo?”

“Primero tienes que comprenderte a ti mismo, ya te lo dije. Y luego me comprenderás a mí. No soy un hombre. No soy una mujer. No soy un viejo. No soy un joven. Soy todo eso.”

El escritor se rió, sin saber bien por qué. Estaba avergonzado por haber hecho esa pregunta y desconcertado por la respuesta. Aquí estaba un ser humano, o lo que parecía ser un ser humano, acurrucado en un sofá, con las piernas encogidas como una chica adolescente, y nada de lo que el autor podía pensar le permitía aceptar la idea de que esta persona con peinado afro y túnica naranja era realmente, literalmente Dios.

“Algunos piensan que es realmente hermoso” —dijo Baba— “que el Señor esté en la tierra en forma humana, pero si estuvieras en mi lugar no pensarías que es tan hermoso. Conozco todo lo que les sucedió a todos en el pasado, el presente y el futuro, por lo que no estoy tan dispuesto a darle a la gente la misericordia que me piden. Yo sé por qué una persona debe sufrir en su vida y qué le sucederá la próxima vez que nazca debido a ese sufrimiento, así que no puedo actuar del modo en que la gente espera que lo haga. A veces dicen que soy severo, otras veces bondadoso ¿Por qué no hago esto? ¿Por qué no hago aquello? ¿Por qué no detengo todas las guerras para siempre y elimino todas las enfermedades y sufrimientos? Lo que no saben es que yo no soy el responsable del sufrimiento. No provoco el sufrimiento como tampoco provoco la felicidad y la alegría. La gente construye sus propios palacios, sus propias cadenas y sus propias prisiones.”

“¿Puedo escribir acerca de eso en mi libro?”, preguntó el autor.

“¿Qué sabes de Mí? —preguntó Baba—. “¿Crees en mí del modo en que te dije que debías creer?”.

“Aún no.”
“¿Entonces cómo puedes escribir acerca de mí? Eres como un niño. Cuando te doy lo que quieres o te hago reír, me amas. Pero un minuto después, cuando estoy muy ocupado y no puedo verte en el instante en que deseas, me quieres matar. ¿No es verdad? Me escuchas con respeto, pero luego en privado te ríes de Mí. ¿Qué clase de libro puedes escribir sobre Mí?”

“Ese tipo de libro. Exactamente.”

“¿Con qué fin? ¿Publicidad? No necesito publicidad. No soy tu Mahesh Yogi, no lo olvides, en la televisión con los cantantes.”
“¿Qué me estás diciendo? ¿Qué no puedo escribir el libro?”

Baba se rió. “Escríbelo. Escribe tu libro. Es tu deber, tu dharma. Pero escribe la verdad. Sólo lo que viste aquí. Sólo la verdad. Cómo te reíste de Mí, cómo me odiaste, es parte de la verdad; y si lo quieres, cómo me amaste, las pocas veces en que te permitiste amarme”.

Baba tomó ambas manos y las frotó tan fuerte como pudo sobre el pecho del autor, masajeándolo vigorosamente como si quisiera estimular su circulación espiritual.

“Yo estoy siempre contigo”, dijo Baba. “Aunque no creas en Mí, aunque trates de olvidarme. Aunque te rías de Mí o me odies. Aunque yo parezca estar del otro lado de la tierra. Pero necesitas cosas materiales para recordarme, ¿no es cierto?”.

Se levantó las mangas y giró su mano abierta mientras cerraba los dedos. Cuando los abrió había un anillo de oro con su retrato pintado en porcelana en el centro, rodeado por dieciséis piedras que parecían diamantes. Colocó el anillo en el dedo del autor. Encajaba perfectamente.

El autor se rió. “¿Cómo voy a pasar con esto por la aduana?”

“No te preocupes”, dijo Baba. Yo me encargaré.”

Tocó el anillo con la punta de sus dedos.

“Yo estoy en ti”, dijo Baba. “Tú estás en mí. No lo olvides. No podemos separarnos”.

(*) Extraído del libro “Baba” de
A. Schulman, publicado en la Web
el 28 de julio de 1999

 

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